No sé exactamente qué me pasó, lo entendería si me hubiera metido entre pecho y espalda una tex-mexcla de jalapeños, tabasco, enchilada, ginebra y una fuente de ciruelas para postre o si hubiera seguido el plan Activia Extreme tomándome 18 yogures en 3 minutos pero no fue así. El caso es que el otro día algo dentro de mí se quebró, diarréicamente hablando. Fue como si en mi Tetris intestinal de pronto apareciera una barra y al colocarla se expulsaran de golpe cuatro líneas seguidas de heces.
Suerte que me pilló en el trono porque fue una sesión larga e intensa entre sudores y escalofríos, casi un monzón. Los daños fueron importantes, perdí tanto peso que no me permitirían desfilar en Cibeles y mi esfínter quedó como si hubiera pasado una noche en el calabozo. Normalmente no soy de los que contempla su obra después pero esta ocasión lo requería, no fuera caso que la avalancha hubiera arrastrado algún órgano vital. La imagen era horrible, aquello parecía la chocolatada para 500 personas del reto de Fairy. Os diría cuantas veces tuve que tirar de la cadena para deshacerme de eso pero lo cierto es que me desconté. A medida que iba recuperándome de aquel Biescas estomacal mis sentidos reactivaron sus funciones y entonces me di cuenta de algo mucho peor que esa espantosa visión, peor que ese horrible dolor físico, definitivamente peor que el trauma psicológico, su olor.
Por lo general la madre naturaleza es sabia y en el tema de la mierda lo ha sido. A todos nos suelen oler bien nuestros pedos y tordos porque en las fases primarias de nuestra vida estamos revolcados en ellos prácticamente todo el tiempo. Eso curte el olfato y nos hace ya no sólo inmunes a su olor sino que algunos llegan incluso a codificarlo como una fragancia agradable.
Pero esta vez la teoría se desmoronaba. Aquello olía como si me hubiera quedado atrapado en un atasco justo detrás de un camión de la basura, como un zulo después de cien días de cautiverio, como una morgue con el aire acondicionado estropeado. Ese olor hacía que me picaran las fosas nasales de tal manera que empecé a temer que fundiría mi tabique nasal y me quedaría como
Ángel Cristo. Estaba atrapado en un baño de 1x2 con ese olor, no podía parar de toser, me estaba ahogando por momentos, iba a morir. Sólo había una salida, tenía que abrir la ventana que daba al patio de luces.
Al principio no podía ubicarla porque el mareo me desorientó pero recordé que estaba situada encima de la taza. Me costó ir hacia ella debido a la falta de aire y la gradual pérdida del conocimiento. Pero di un paso más y llegué, giré la manilla y abrí la ventana. El aire viciado empezó a salir afuera en forma de fuego fatuo, como las almas que escapaban del Arca Perdida, dejando paso al aire fresco. Quedaba esperanza, podía salvarme.
Pero justo en ese momento oí un sonido procedente del exterior, era como una tonadilla, parecía algo casi rítmico, de pronto lo reconocí. Algún vecino estaba escuchando en la radio una canción de Amaral, no sé cual, cualquiera. Así que a toda prisa cogí y cerré la ventana para siempre.
Y esta es mi crítica musical de hoy.
Muchas gracias. Buenas tardes.